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Navidad con crisis, navidad con fe

Posted by on Dic 16, 2016 in Sin categoría | 0 comments

En Venezuela la novena de las misas de aguinaldo se realiza tradicionalmente en la madrugada, en ese punto en que la noche está llegando a su fin, como símbolo de que, sobre la penumbra, siempre vence el amanecer. Esto es, desde luego, una metáfora del nacimiento de Jesús, quien venció las tinieblas al encarnarse en la humanidad para iluminarnos desde adentro de la historia, desde la experiencia cotidiana y concreta. Esa experiencia la tuvo Jesús en el seno de una familia humilde, oprimida y perseguida (como se sienten muchos venezolanos en la actualidad).

Al terminar la misa de aguinaldo, a plena luz del día, sigue una reflexión comunitaria que se hace en el patio, y que concluye habitualmente en un ágape (muchos lo llaman “compartir”), es decir, en un pequeño desayuno que se ofrece como ocasión para conocernos personalmente, entre chocolate caliente y cantos de aguinaldo.

Pero por un momento, las terribles condiciones económicas de Venezuela en este 2016, tendieron un velo de duda en nuestros corazones, que nos hizo pensar que ese acto de “compartir” un desayuno no sería posible esta vez.

Hoy en la madrugada, en la iglesia San Juan Bosco, tuvo lugar la primera misa de la novena de aguinaldo. Contra todo pronóstico, tuvimos nuestro tradicional desayuno. Fueron los hermanos del sector popular Bucaral los que nos mostraron los signos del evangelio entre nosotros: junto a su grupo de gaitas y parrandas, llevaron una rica infusión de malojillo con toronjil y un sabroso jugo de guayaba (ambos pueden verse como una alternativa económica y sana ante los costos del chocolate caliente); tequeños caseros, un pandoro picadito, un pan de jamón, un par de paquetes de galletas y una cremita para untar (quizá olvide algo). Algunas de estas cosas fueron enviadas por personas de Bucaral que no pudieron asistir, pero que querían mantener vivos los signos del cariño que los une a la parroquia. Dispuesto todo en una pequeña mesa, parecía no ser mucho. ¿Pero saben qué? No solo fue suficiente, sino que sobró. Bucaral nos dio un ejemplo de fe, de disposición, de colaboración mutua, de fraternidad, de creatividad ante la crisis y de confianza en los designios del Padre. Hoy, con esta experiencia, la navidad llegó definitivamente a mi corazón, y Dios sabe que lo necesitaba. Sé que mucha gente también. ¡Gracias, Bucaral, por tanto!

Y es que ellos saben que cuando Papá-Dios da, se desborda. Eso sí: como recordó hoy nuestro hermano Hernán, es necesario poner algo de nuestra parte: echar las redes (la pesca milagrosa), traer jarrones de agua (las bodas de Caná), reunir los panes y pescados disponibles, aun si son pocos (la multiplicación de panes y peces), etc. De aquello que tenemos y, sobre todo, de la voluntad de dar cuando nada tenemos, Dios hace siempre un milagro.

Creo que hoy nos toca aprender algo muy importante: que aunque es lógico que los problemas que vivimos en Venezuela nos afecten, no debemos dejar que nos influyan hasta convencernos de desistir. Ya nos han quitado muchas cosas en el país (las arcas de la nación, la posibilidad de planificar a futuro, la seguridad social). Luchemos por mantener vivos nuestros símbolos de fraternidad, reconocimiento mutuo y vida plena.

Hoy más que nunca, estoy convencida de que “nadie es demasiado pequeño ni demasiado pobre como para no tener algo que ofrecer” (Tapia, S/F, Aprendizaje-servicio solidario: algunos conceptos básicos). ¿Ven como a la oscuridad le sigue siempre la luz radiante? Eso es el espíritu de las misas de aguinaldo. ¡Me siento orgullosa de pertenecer al pueblo venezolano!

El fado, ese destino ineludible

Posted by on Ago 19, 2016 in Sin categoría | 0 comments

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Escrito por Andrea Imaginario
Twitter: @andreaimagina

 

«Há uma música do povo
Não sei dizer se é um fado
Que ouvindo-a há um ritmo novo
No ser que tenho guardado»
Fernando Pessoa

 

El fado surgió hacia mediados del siglo XIX, según las más recientes investigaciones. Al igual que el tango y el bolero en Latinoamérica, el fado fue originalmente una canción de taberna, una canción de la vida nocturna que, si bien tuvo sus inicios en Lisboa, no se detuvo allí (hay, de hecho, un fado característico de la ciudad de Coímbra, con sus propios códigos estilísticos).

Mucho se discute sobre los antecedentes del fado. Algunos piensan que viene de la herencia árabe. Quizá piensen esto por la forma de adornarlo, o quizá por los barrios que lo vieron nacer: Alfama y Mouraria, antiguos barrios moros lisboetas donde aún se canta el fado. En cambio, los curadores del Museo del Fado, ubicado en Alfama, proponen la tesis de que el fado tiene sus orígenes en el particular proceso de intercambio cultural entre Portugal y las diferentes colonias portuguesas, especialmente Brasil. La misma posición la defiende Véronique Mortaigne, aunque sin negar una influencia quizá más remota e indeterminada de la ocupación mora. A este respecto, escribió: «El fado es, junto con la morna de Cabo Verde y la samba brasileña, un producto genuino del sincretismo musical afroeuropeo nacido en las plantaciones esclavista de América del Sur y los salones de la corte portuguesa expatriada. Es también el resultado del momento en que Lisboa, aún impregnada de las numerosas huellas de la ocupación mora, fue africanizada por el comercio triangular esclavista entre Europa, África y América». (Mortaine: El fado. Barcelona: Océano, 2003, pág. 7).

Esta tesis desmonta la idea de “pureza” sobre la que se funda la imagen del género. No es un hecho desconocido que, hasta cierto momento de la historiografía, la occidentalización se observó como un proceso casi unidireccional, subrayando las influencias de los países conquistadores sobre sus colonias, sin evidenciar la retroalimentación como un modo de transformación cultural del “colonizador”. El caso de la relación Portugal-Brasil tiene una complejidad particular, puesto que Brasil fue, a causa de las invasiones napoleónicas, casa del imperio portugués en el siglo XIX. Pero aunque hubiera sido de otro modo, hoy sabemos que los intercambios culturales nunca son unilaterales.

En la época de Pessoa, el fado aún era un género de la noche soterrada, cuyas letras solían salir de la pluma de poetas populares, con gran sensibilidad, con sentido del humor y con un marcado sentido político que hoy en día parece no ser tan notorio. Fadistas como Alfredo Marceneiro (1891-1982) sellaron la presencia del fado en Lisboa. Marceneiro marcaría, a partir de los años 20, un hito importante en la configuración del género de raíz tradicional. Proscrito de la sociedad “de bien” y censurado durante el período del Estado Nuevo o gobierno salazarista, el fado, a pesar de su evidente popularidad, tuvo que esperar la oportuna alianza de Amalia Rodrigues (1920-1999) y Alain Oulman (1928-1990) hacia mediados del siglo XX para que su más que justa dignidad fuera reconocida ante los sectores de élite. No sin escándalo inicial, Amalia y Oulman se atrevieron a musicalizar e interpretar bajo la égida del fado a los grandes poetas portugueses, tanto antiguos como contemporáneos: Luis de Camões, David Mourão-Ferreira y Alexandre O’Neill serían algunos de ellos.

Muchos fadistas han sido, desde los inicios del género hasta hoy, motores de este proceso, dejando una huella imborrable en esta hermosa tradición musical portuguesa: María Teresa de Noronha (1918-1993) (representante del fado aristocrático), Carlos do Carmo (1939) y Paulo Carvalho (1947), por sólo nombrar algunos. En la medida en que se ha ido internacionalizando, el fado ha influido en otros géneros y se ha dejado influir también. En este mundo globalizante, le debemos a artistas como Dulce Pontes, Mísia y al grupo Madredeus (si bien este grupo no es precisamente de fados) en los años noventa la difusión de un fado “renovado” o “releído”, es decir, la aparición de un fado “no puro”, no “fosilizado”, sino “en movimiento”, y les debemos también una nueva etapa en su internacionalización y la internacionalización de la música hecha en Portugal más allá del fado. En ese camino también pueden reconocerse hoy en día en algunos trabajos de Mariza, Carminho o Ana Moura.

Justamente porque estamos en un período de transformación, en la actualidad también existe lo que podemos llamar “puristas del fado”, pues sólo en la transformación tiene sentido su presencia. Aunque su gusto no es cuestionable y el papel de los puristas es necesario para el resguardo de la memoria histórica, la transformación es inevitable y tiene su lugar en la construcción de las nuevas identidades (tal como el fado fue el fruto de una transformación). Esto es consecuencia del proceso histórico de Portugal: hoy existen importantes comunidades portuguesas esparcidas por el mundo, en las que se sigue interpretando el fado, como en Venezuela, manteniendo vivo el diálogo con su cultura de origen y la cultura de las sociedades que las han acogido.

Siempre habrá aquellos que profundizan en las raíces del fado, y nos siguen obsequiando los ecos de una cultura vigente, profunda, creativa, sensible y afectuosa como la portuguesa. Más allá de toda polémica, hoy la fama del fado se ha extendido llamando la atención del mundo entero, al punto de que ha sido nombrado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad en el año 2011 por la UNESCO. Eso significa que el fado ha llegado para quedarse. Significa, finalmente, que el fado ha cumplido su destino.

 

Algunos ejemplos sobre el fado y sus intérpretes

 

Alfredo Marceneiro interpreta “O Marceneiro”, un fado cuya letra lo presenta a él mismo como fadista.

 

 Amália Rodrigues interpreta “Estranha forma de vida”, con música de Alfredo Marceneiro y letra de la misma Amália

 

Dulce Pontes interpreta “Canção do mar”, en una versión renovada de este clásico del fado, que ha sido interpretado más allá de Portugal por artistas como Sarah Brightmann y Chayanne.

 

Madredeus interpreta “Haja o que houver”, del disco Paraiso. Si bien no se trata de un fado, el grupo logró crear un sonido propio que, en su momento, hizo posible un modo diferente de escuchar las sonoridades de Portugal en el mundo

 

Mariza interpreta “Rosa Branca”, del disco Terra. 

 

 

Sobre la autora

Andrea Imaginario, de origen luso-venezolano, es cantante, escritora y profesora de la Universidad Central de Venezuela, egresada de la Escuela de Artes y la Maestría en Literatura comparada en la UCV.

Para conocer su trabajo musical, ofrecemos aquí una muestra de su interpretación de “Homem na cidade”, del disco Entre dos orillas. 

Si el bien no es común, no será “bien”

Posted by on Jul 10, 2016 in Sin categoría | 0 comments

Con una tristeza profunda, me despierto y veo, vivo, la cruz que llevamos hoy como pueblo, sufriendo, temiendo, pasando innecesaria necesidad, sin poder hacer planes a largo plazo, o haciéndolos a sabiendas de que cualquier día, como un castillo de arena, la ola creciente podría desmoronar todo sueño de alcanzar el cielo; se ha ridiculizado en valor del trabajo. Me despierto y leo sobre el mundo: genocidios, crímenes de odio, pero también algo de lo que nunca o poco se habla: el 1% de la población mundial es hoy dueña del 99% de la riqueza mundial. Algo no va bien.

En todo este escenario, me abisma ver las democracias en el mundo contra la pared, amenazadas y amordazadas por los nuevos totalitarismos: los del capital y los de los fanatismos ideológicos, todos disfrazados de voz popular. El capitalismo actual se ha absolutizado y pide el sacrificio de inocentes. Sus actores se han vuelto los “ultra” de las derechas. Los hijos resentidos del capitalismo actual, los “ultra” de las izquierdas, sólo construyen un espejo del poder que repelen, reclamando también la sangre sacrificial de su pueblo. Han demostrado ser dignos hijos de su padre autoritario. Juntos constituyen la nueva casta sacerdotal de un credo sanguinario.

¿Acaso dormimos? Alguien que nos despierte: que suene la campana del reloj, y resuene el nombre del nuevo proyecto que nos anime. No basta con adversar el régimen actual. Hoy, que hasta la comida es un privilegio clientelar, necesitamos alimentar nuestra esperanza. A los que pretenden representar la voz de quienes padecemos las consecuencias de un proceso histórico tan conflictivo, parece que hay que recordarles: ¡Denle nombre, señores! ¡Denle nombre al nuevo horizonte de bien por el que esperamos en Venezuela y en todo el mundo! Porque si no tiene nombre, no será. Y si el bien no es común, tampoco será “bien”.

Mujer, edad, soltería y sociedad

Posted by on May 10, 2016 in Sin categoría | 0 comments

Cuando era adolescente, me pregunté muchas veces cuál era el problema de las mujeres con respecto de su edad. ¿Por qué se decía que a una mujer no se le pregunta su edad? ¿En qué la ofendería una pregunta tan inocente? ¿Por qué las mujeres evadían responder esa pregunta? ¿Por qué mentían al responderla? Claro que a los quince años o a lo veinte yo no lo podía entender, ni siquiera por ser mujer. Pensaba: ¿Sería por vanidad, como decían los chistes? Hoy, pasados los treinta, comienzo a entenderlo: a las mujeres nos han atribuido fecha de caducidad y obsolescencia, y sólo lo descubrimos cuando alguien nos hace notar el letrero sobre nuestra frente que dice: “Consumir preferiblemente antes de…”.

En un mundo basado en el consumo, es claro que todo se confecciona para ser sustituido. Los nombres de los productos tecnológicos se hacen acompañar de su año de lanzamiento: durante su período promocional, ese producto será una innovación, pero al año siguiente, parecerá arcaico. En tecnología, este concepto se llama obsolescencia. En el mundo de los productos perecederos como los medicamentos y los alimentos, se habla de caducidad.

Simbólicamente, esas cosas pasan en el discurso social. Estas cosas les pasan a las mujeres. No puedo decir que sea consecuencia de esta época consumista. Me temo que la “caducidad” o la “obsolescencia” de las mujeres es un concepto mucho más antiguo que el de “capital”. Pero sí puedo decir que el consumismo le agrega mayor tensión al drama, aun cuando parezca que nuestra pretendida cultura “moderna” (postmoderna/hipermoderna, en fin), haya avanzado en la agenda feminista.

El matrimonio

Dice el mito que si una mujer desea formar una familia, tendrá que apurarse para conseguir un marido antes de los treinta, pues “dizque” según las estadísticas, es más probable que una mujer de treinta muera atropellada a que se case. El dicho venezolano que reza “la mujer no se escoge por la (mayoría de) edad sino por el peso” dice bastante de esa mentalidad, que raya en la legitimación del abuso sexual.

Hace unos años, vino a Venezuela un importante predicador de la Iglesia Católica, laico, casado y con hijos. Para mi sorpresa, según él, una mujer que no se ha casado a los 25 años es una inconforme, una “piqui” que está esperando a un hombre perfecto que no existe. Es decir, ella tiene la culpa de estar sola, como si la soledad fuera el nuevo “Coco”. Podríamos contra argumentar que las mujeres pueden optar también por una vida religiosa, pero no es tan fácil. ¿No me creen? En breve lo explicaré.

Los hijos

Dicen que la mujer nació para ser madre, y que no importa si el padre no se responsabiliza. Lo importante es que la mujer tiene que ser madre: “tenga su muchacho así sea sola”, me han dicho en la calle. Culturalmente en la vida de las urbes (no biológicamente ni estadísticamente), el periplo de la “vida útil-materna” de la mujer se ha vuelto más corto: si tiene hijos antes de los 25 la mujer es una insensata que se arruina la vida. Si los tiene después de los 35, es una egoísta que expone el futuro de un posible bebé, sea por salud, o sea por negarle su derecho a tener una madre joven (sí, me lo han dicho así mismo). La mujer moderna tiene ante sí un reto enorme: tiene solo diez años para profesionalizarse, ascender y hacer carrera, casarse (más al menos dos años de disfrute del matrimonio a solas con su marido) y tener hijos. Es una carrera agotadora.

Las instituciones religiosas

Aunque según el evangelio no existe el concepto de “tarde” cuando Dios llama a la puerta, hay algunas órdenes religiosas que no reciben a mujeres con más de treinta años, cosa que, por supuesto, es diferente con los hombres. He tenido en mis manos folletos de comunidades de religiosas que cuentan historias sobre cómo las mujeres que se consagran jóvenes son mejores y más fieles servidoras que las que lo hacen después de los treinta años. Conozco testimonios muy serios y comprometidos de mujeres que han querido consagrarse después de los treinta y no han podido hacerlo por la edad a la que han descubierto su vocación. Les han permitido una consagración privada e individual, pero no una adhesión comunitaria. (Y pensar que Jesús tenía treinta años cuando decidió anunciar el evangelio públicamente…).

El mercado lo sabe

Miles de investigadores en mercadotecnia detectan cada día las matrices de opinión dominantes y las usan para vender productos. El mercado sabe que la mujer tiene que enfrentarse a la estigmatización de su edad a diario. La industria de la publicidad está levantada a expensas del uso de la imagen juvenil femenina, con lo que conquistan dos mercados: el de los hombres que las desean y el de las mujeres que desean ser deseadas. Pues, a fin de cuentas, las mujeres son el mayor segmento comprador del mercado. La industria de la belleza (concursos, productos cosméticos, alimenticios y farmacéuticos, y médicos cirujanos) explota cada día las inseguridades culturales que ha construido la sociedad sobre la mujer, que lo único que quiere es alejar de sí la amenaza social de la soledad y, muchas veces, la amenaza de la exclusión laboral.

Mujer, tú vales

La mujer soltera y libre de más de treinta años es para muchos “la loca de los gatos”. El discurso social tiene claramente delimitado que una mujer que no ha decidido casarse, parir o consagrarse antes de los treinta debe asumir su soledad, “quedarse para vestir santos”. De allí la importancia de aparentar juventud cuando se cruza la raya del “tercer piso”. En un mundo todavía machista, se le ha hecho creer a la mujer que la apariencia es la única carta que tiene para reclamar su cuota de poder.

No sé ni me interesa si está bien o no que la mujer mienta sobre su edad. Ojalá no tuviera que hacerlo, eso sí, porque lo que denota el hecho de que la mujer oculte su edad es que ha perdido la fe en que puede ser comprendida, amada y valorada tal como es, como consecuencia de los golpes, desmoralizaciones y descalificaciones que la han violentado en miles de años de historia, y que se anclan en el inconsciente colectivo.

Así las cosas, es comprensible que una mujer mienta sobre su edad. Una mujer que miente sobre su edad lo hace porque sabe que ella aún puede dar mucho de sí, pero está convencida de que quien la escucha no la va a mirar con libertad sino con prejuicio. Un mujer que no dice su edad se niega a recibir la lástima de alguien que piensa “pobrecita, no tuvo hijos”. Pero sobre todas las cosas, una mujer que oculta su edad no quiere negar su historia, sino negar la sentencia implícita del que la interroga haciéndole sentir que ya no tiene futuro, que ya “no sirve” y que es “obsoleta”. Lo que quiere una mujer es empoderarse frente al mundo, levantarse del banquillo de los acusados, esquivar las municiones y abrir caminos y proyectos, que vean en ella la vida que es capaz de dar, que la dejen seguir soñando y seguir amando.

Venezuela con “v” de violencia

Posted by on Abr 12, 2016 in Sin categoría | 0 comments

Esta semana asesinaron al hermano de una querida amiga. Lo asesinaron en un lugar público, a plena luz del día y a cien metros de la policía. No lo conocí. A juzgar por ella, que es una mujer honesta y solidaria, no puedo imaginar que él sea distinto. En todo caso, era un hijo de Dios, una vida sagrada como toda vida. Esta misma semana, recibí la noticia de que un colegio fue amenazado de ajusticiar a unos niños como represalia contra un representante. En dos semanas, cinco casas de una urbanización que conozco han sido saqueadas. Hace más de un mes, un matrimonio fue degollado en un asalto en el interior. Y así, crecen cada día las historias del horror. Es como una película de la saga Destino final, una ruleta de la muerte donde todos participamos esperando nuestro turno terrible. Tantos años tratando de importar la fiesta de Halloween, y resulta que nosotros vivimos cada día nuestra propia noche de las brujas, donde cualquiera puede ser incinerado. Ya no nos sentimos ni seguros ni confiados. La violencia se desbordó.

Las cosas malas pasan en cualquier parte, eso lo sé, pero la diferencia es que estamos viviendo una ola creciente de odio o, quizá peor, de inconsciencia, indiferencia e indolencia ante el valor de la vida, en la indefensión total. La parca tiene un nuevo rostro y una nueva hoz: el hermano y su pistola.

Mi Venezuela rica ahora es pobre. La violencia se está robando la riqueza de mi país: la vida esperanzada y alegre frente a toda circunstancia. Comenzó como una violencia del discurso muy vieja pero creciente: machismo, racismo, clasismo y xenofobia naturalizados y encubiertos, en un escenario de continuos ultrajes históricos contra el bien común. Hoy la violencia ya es frontal y fratricida. Se cometen delitos violentos tan abiertamente que casi nos estamos acostumbrando, y se comenten con absoluta facilidad y por cualquier razón.

La corrupción y la violencia como lenguaje social, cada vez más hegemónicos, son una cultura que, como toda cultura, se alimenta a través de las condiciones que creamos con las prácticas del poder en todos los niveles. La corrupción y la delincuencia no obedecen a las leyes de la genética, como creen los opinadores de bar que siempre dictan sentencias como “el venezolano es corrupto por naturaleza”. No somos corruptos. Han corrompido el sistema, que es distinto. Además, si así fuera no habría nada que hacer y no tendría sentido demandar al Estado mayor justicia.

Venezuela está viviendo en condiciones sociales que persuaden a las personas de corromperse, sean condiciones de explotación, pobreza, injusticia, aislamiento o miedo, y esto lo que algunos llaman situación de pecado, que nada tiene que ver con la idea burguesa de “pecar”. En el medio de una lucha de gigantes (grandes capitales, cúpulas políticas y mafias de todo tipo), el pueblo venezolano se desgasta, se cansa, se empobrece, pero sobre todo, al pueblo venezolano le reaparece esa sensación de “poder fuera de sí”, consecuencia de una cultura política asistencial y clientelista de larga data, y es en este punto donde la tentación hace su parte (afortunadamente la mayor parte de la gente opta libremente por el bien). Pero es cierto que la violencia abierta va mucho más allá, aunque toda corrupción en en sí un acto violento que suma elementos a esta espiral.

Para lo que estamos viviendo existen explicaciones históricas y actores sociales responsables de ayer y de hoy. Algunas opiniones sugieren que el crecimiento de la delincuencia es proporcional al crecimiento de la pobreza. Otras opiniones se inclinan a pensar que tiene que ver con la impunidad, toda vez que existen países más pobres con bajos índices de delincuencia. Si el Estado nacional, como todo Estado, tiene el monopolio de la violencia institucional (Guardia Nacional, ejército y policías), le corresponde a éste tomar medidas en el asunto. ¿Por qué no lo ha hecho? ¿O por qué las medidas que toman no son suficientes? Lo cierto es que el gobierno tiene que dar la cara frente a esta situación desbordada, y evaluar y reconocer la causa del problema de manera que pueda acertar en sus políticas, aun cuando eso implique reconocer también sus errores. Urge que el gobierno nacional deje el discurso autodefensivo a un lado, mire a su pueblo con auténtica cercanía y tome medidas en el asunto. La vida de la gente vale más.

El ser ciudadanos sin rango gubernamental no nos exime de nuestra propia responsabilidad. La gente buena, responsable y honesta, que es la mayoría, tiene que hacerse sentir y abandonar el escondite del silencio cómplice. No sé cómo podemos combatir la violencia y la corrupción desde abajo. No sé ni siquiera si la mejor palabra sea combatir, porque huele mucho a guerra. Pero sí sé una cosa: agrediéndonos verbal o físicamente no nos vamos a salvar. ¿De qué nos salva un linchamiento, por ejemplo? ¡Qué llamentable ocurrencia!

Me parece terrorífico el escenario de una Venezuela sin misericordia y, en consecuencia, sin esperanza. No podemos dejarnos vencer por la indignación, la frustración o la rabia, porque de allí nace la falta de misericordia, es decir, la incapacidad de sentir con el corazón del otro y de hacernos un pueblo hermano y feliz. La falta de misericordia se ve cada día en la manera en que hace política esta generación. Se ve también en la manera en que mueren las personas en manos del hampa y en los linchamientos. Se ve en las agresiones callejeras en las colas. Se ve en el modo como la gente se insulta en las redes sociales cuando no se comparte una opinión. Se ve en el lenguaje, cada vez más soez. Ya poco se discute para reflexionar, sino para dominar, herir o castigar.

Sin empatía no habrá la simpatía venezolana de la que tanto nos enorgullecemos. Debemos velar por el bien común. Urge que nos pongamos en los zapatos del otro, aunque sea difícil comprenderlo. Sólo las relaciones personales humanizadoras salvan. El verdadero poder es dar vida, no dar muerte. Dar muerte lo hace cualquiera. Sólo la misericordia trae vida. Sin misericordia, no hay reconciliación posible y, evidentemente, sin reconciliación no hay acuerdo ni proyecto común. ¡Qué diferente sería el país si dijéramos “Venezuela, pan y vida”!

Entre ser artista y ser profesor: reflexiones sobre la realidad laboral en Venezuela

Posted by on Feb 9, 2016 in Sin categoría | 0 comments

Trabajo todos los días en lo que me gusta: soy cantante y soy profesora en la universidad. Parece un común acuerdo reconocer que profesores y artistas son importantes para una sociedad porque prestan servicios nobles, que en principio inspiran la imaginación y la inteligencia de quienes los escuchan. Por supuesto que en una sociedad pretendidamente “pragmática” como la actual hay más claridad con respecto a la utilidad de un profesor que la de un artista porque el arte es intangible, mientras que un profesor podría, en principio, enseñar un conocimiento necesario para la incorporación de los sujetos a la vida social productiva. Pero eso es otra discusión.

El profesor, al igual que el artista, trabaja con la persona, con lo inmaterial de ella, con lo que le subyace, con lo que le mueve, le nutre, le asusta o le cuesta. Un profesor, como el artista, humaniza, es decir, fortalece cualitativamente los dones que todos tenemos, ayudándonos a desarrollarnos hacia dentro y hacia fuera como seres cualitativamente humanos y no sólo biológicamente humanos.

Profesores y artistas son amanuenses de lo invisible. No venden cosas “utilitarias”. Lo que hacen profesores y artistas no tiene ni peso ni medida. No se vende por kilo, no se vende por saco. Por eso, el valor monetario de su trabajo es un símbolo de lo que representan para la sociedad que los acoge, un símbolo de la importancia que se le da a la educación y a la cultura en el proyecto de una sociedad.

De cómo vive un artista o “¿En cuánto me lo dejas si son sólo tres canciones?”

En el caso de los artistas hay muchísimas variables que inciden a la hora de cotizar su trabajo. Aquellos que se dedican a actividades performánticas, como músicos, actores y bailarines cobran por honorarios profesionales. Los artistas plásticos en cambio venden sus “obras” (lo que hace distintos los criterios de intercambio económico). Pero en ambos casos, incide la proyección social del artista, la fama o el “cartel”, como le llaman.

Empero, por emergente que sea un artista, su trabajo tiene un valor de intercambio, que habría de expresar una reciprocidad de dones con respecto a quien lo solicita, dignificar su trabajo y su esfuerzo y manifestar el agradecimiento por recibir aquello que solo un artista puede ofrecer. Si no, ¿para qué contratarlo, verdad?

Hay cosas que la gente olvida: para que una persona llegue a ser, por ejemplo, músico profesional, tiene que invertir mucho tiempo (horas de estudio, años de su juventud) y mucho dinero (en libros, clases privadas, instrumentos, cuerdas, sordinas, amplificadores, cables, micrófonos, discos, partituras, atriles, vestuario, alquiler de estudios de ensayo y grabación), sin garantía de éxito económico. Un músico está expuesto a pasar vergüenzas y humillaciones. Por eso, cada presentación es un riesgo para su buena reputación y sus posibilidades de trabajo futuro, y así el artista “se la juega” cada vez que se exhibe, pues además de todo, tiene que lidiar con la crítica. Lo mismo le pasa a los actores y bailarines.

Los artistas no tienen colegio profesional que los represente en Venezuela. Los artistas que actúan por honorarios profesionales, que son la mayoría, no reciben seguro de salud de sus clientes y no tienen ingresos fijos. Si no trabajan, no comen. El limbo sí existe: los artistas viven en él. ¿No tiene eso un valor?

De cómo vive un profesor o “Tu deber es sacrificarte por la patria”

La educación básica es obligatoria, no así la universitaria. Pero aunque no es obligatorio para los padres enviar a los muchachos a la universidad, en Venezuela es obligatorio para el Estado formar técnicos y profesionales capacitados para liderar proyectos, resolver problemas y prestar servicios. Es un asunto estratégico que toca todas las áreas de gobierno de una nación. Todas.

Los profesores tienen otros esquemas económicos para cobrar su trabajo. Cobran por hora de clase y eso se traduce en un sueldo, que se recalifica con cada ascenso dentro de la institución. Detrás de cada hora de clase, hay inversión en libros, horas de estudio (que implican investigación, lectura, análisis, reflexión, síntesis), planificación docente, evaluación, horas de servicio administrativo y permanencia y, también como los artistas, una exposición riesgosa ante su audiencia, que siempre genera rumores llenos de todo tipo de ficción sobre su persona.

La situación de los profesores, tanto de la educación básica como universitaria, es sin duda apremiante. Muchos ganan menos de sueldo mínimo. Otros ganan sueldo mínimo, y sólo los de dedicación exclusiva ganan algo más, pero tampoco mucho. ¿Cómo pueden mantenerse los profesores con estos sueldos? No pueden. Deben hacer otros trabajos a la vez. Cuando esto ocurre, el profesor ve dispersas sus energías y se arriesga a fallar en su trabajo. Nuestra sociedad está poniendo a los profesores en una situación de alienación. ¿Cómo ofrecer una educación para la libertad?

De los profesores de la educación básica depende la formación elemental de los niños y jóvenes que les permite empoderarse para ejercer la ciudadanía; de los profesores universitarios y técnicos depende la formación especializada que garantice el buen desarrollo de los proyectos de la nación. Siendo así, ¿cómo es posible que valga tan poco su trabajo en Venezuela? ¿Cómo es que un profesor no puede ni siquiera pagar un desayuno con lo que gana en un día de trabajo? Eso deja mucho que pensar.

¿Qué implica el salario que devengan los profesores en la actualidad? ¿Qué valor tiene para el gobierno nacional la educación, si durante años ningún sector ha recibido un aumento digno (para ejemplo, los profesores universitarios no recibieron ningún aumento entre 2008 y 2014), mientras que militares reciben aumentos y beneficios escandalosos constantemente? ¿Qué dice esto de la mentalidad del gobierno que nos representa?

Pero mi pregunta va mucho más lejos, porque también es conocido que en muchas instituciones de la educación privada los profesores pasan carencias. Así que: ¿qué valor espiritual de la sociedad representa el valor monetario que está dispuesta a pagar por el servicio de un profesor?

No es por poder, sino por justicia y bien común

Yo no digo que artistas y profesores deban estar en el vértice superior de la pirámide. Tampoco digo que sean semidioses que deban ser entronizados para instituirse como una clase que domina sobre las otras. Además, a los políticos esto les daría muchos celos. Lo que yo digo es que el oficio de artistas y profesores debería ser respetado y valorado, y en consecuencia, estos deberían recibir el apoyo necesario para seguir prestando un servicio de alto nivel pues, al final de todo, cada cosa que hacen los artistas y los profesores redunda en el bien común.

De mamá, la palabra y la vida

Posted by on Ene 15, 2016 in Sin categoría | 0 comments

A mi sobrina

 

Querida Estefanía:

Te hice una promesa: que escribiría y publicaría todas las semanas un artículo o comentario y, a cambio, tú harías lo mismo. El propósito común parte de una hipótesis, posibilidad o intuición, según prefieras, surgida en mi infancia: la escritura salva o, mejor, la palabra compartida, la que llega a su destino y se regresa en forma de puente, de afecto o de liberación. Así comienzo este proyecto: como un pacto sellado en la palabra y con la palabra para encontrarnos.

No es cierto que las palabras pasan. Las palabras quedan, en forma de sabiduría, de paz, de amor o de dolor. Como este es mi primer comentario en este blog, quiero dejarte constancia en este fugaz mundo virtual, siempre azotado por la amenaza de que un virus destruya todo, de mis razones para vivir, amar y usar la palabra como poder mágico, como símbolo o recurso de unión entre las almas.

Cuando yo tenía alrededor de cinco años mi mamá, mis hermanas y yo pasábamos una víspera de año nuevo en la entrada del edificio encendiendo luces de bengala. Mamá me sostenía en su regazo y me preguntaba: “¿Me quieres?”. “Sí, mamá”, respondía yo. “¿Hasta dónde me quieres?”, “Hasta la luna”. Y ella, con sus ojos grandes y verdes  como aceitunas, señalando el cielo me decía: “Yo te quiero hasta el infinito”. Aquel día dejó en mí una huella imborrable. Su palabra selló un pacto eterno.

Mamá dejó de trabajar por un tiempo cuando yo tenía alrededor de nueve años. Pasaba las tardes conmigo. Me hacía ricas meriendas, pero lo que nunca olvido es lo mucho que conversábamos. Siempre vió en mí un locutor digno y un banco donde sus memorias podían ser transmitidas, dejando su experiencia como un interés creciente en mi beneficio: “Aprende de mí, que no te voy a durar toda la vida”, decía. Me contaba de sus días de tremenduras bajo el amparo de mis abuelos, del colegio de las monjas, del Niño Jesús, del Padre Antonio, de su tía Rosa, de su hermano, de los talentos que disfrutó en su juventud, y de mi papá y de cómo se enamoró de él; pero también me hablaba de sus opiniones sociales, políticas, artísticas y religiosas, día a día, sin falta. ¡No te imaginas los debates!

Yo le leía mis tareas mientras ella cocinaba. Ella pacientemente me escuchaba y me corregía. Tenía un pero para todo y me hacía preguntas para obligarme a razonar lo dicho; nunca me permitió repetir lo escrito en los libros como si fuera una máquina almacenadora, y tenía razón. ¡Ese fogón sí que sabe de mis errores! Puedo decir que he aprendido al calor del fuego. Pero siempre me sentí contenta de que así fuera, de que me corrigiera cada detalle. Así fue como Mamá me enseñó a hablar y a escribir, pero con seso y afecto. Y así puso libros en mis manos y belleza e ideas en mis pensamientos, para poder ver el mundo con ojos de fe y un poco de sentido común. Le debo mucho a mi mamá: le debo cada palabra. Ella merece saber que no lo olvido, y qué mejor manera que estas palabras que hoy escribo, pues todas las palabras que se escriben son la memoria de aquellos que en nosotros han dejado su huella. Al comenzar te dije que la escritura salva, pero ¿de qué? La escritura salva del olvido.

Estefanía: hoy te entrego esta memoria a ti y al que la lea como un nuevo pacto, y te pido que se la leas a mi mamá, ahora que tú tienes la inmensa bendición de vivir con ella. Que nada se guarde en el sótano del olvido. Todo ha de ser dicho. Todo ha de ser palabra fecunda, aun la palabra dolorosa. Todo ha de nombrarse para que exista. Toda palabra compartida es vida. Toda palabra escrita es eternidad.