Cuando era adolescente, me pregunté muchas veces cuál era el problema de las mujeres con respecto de su edad. ¿Por qué se decía que a una mujer no se le pregunta su edad? ¿En qué la ofendería una pregunta tan inocente? ¿Por qué las mujeres evadían responder esa pregunta? ¿Por qué mentían al responderla? Claro que a los quince años o a lo veinte yo no lo podía entender, ni siquiera por ser mujer. Pensaba: ¿Sería por vanidad, como decían los chistes? Hoy, pasados los treinta, comienzo a entenderlo: a las mujeres nos han atribuido fecha de caducidad y obsolescencia, y sólo lo descubrimos cuando alguien nos hace notar el letrero sobre nuestra frente que dice: “Consumir preferiblemente antes de…”.

En un mundo basado en el consumo, es claro que todo se confecciona para ser sustituido. Los nombres de los productos tecnológicos se hacen acompañar de su año de lanzamiento: durante su período promocional, ese producto será una innovación, pero al año siguiente, parecerá arcaico. En tecnología, este concepto se llama obsolescencia. En el mundo de los productos perecederos como los medicamentos y los alimentos, se habla de caducidad.

Simbólicamente, esas cosas pasan en el discurso social. Estas cosas les pasan a las mujeres. No puedo decir que sea consecuencia de esta época consumista. Me temo que la “caducidad” o la “obsolescencia” de las mujeres es un concepto mucho más antiguo que el de “capital”. Pero sí puedo decir que el consumismo le agrega mayor tensión al drama, aun cuando parezca que nuestra pretendida cultura “moderna” (postmoderna/hipermoderna, en fin), haya avanzado en la agenda feminista.

El matrimonio

Dice el mito que si una mujer desea formar una familia, tendrá que apurarse para conseguir un marido antes de los treinta, pues “dizque” según las estadísticas, es más probable que una mujer de treinta muera atropellada a que se case. El dicho venezolano que reza “la mujer no se escoge por la (mayoría de) edad sino por el peso” dice bastante de esa mentalidad, que raya en la legitimación del abuso sexual.

Hace unos años, vino a Venezuela un importante predicador de la Iglesia Católica, laico, casado y con hijos. Para mi sorpresa, según él, una mujer que no se ha casado a los 25 años es una inconforme, una “piqui” que está esperando a un hombre perfecto que no existe. Es decir, ella tiene la culpa de estar sola, como si la soledad fuera el nuevo “Coco”. Podríamos contra argumentar que las mujeres pueden optar también por una vida religiosa, pero no es tan fácil. ¿No me creen? En breve lo explicaré.

Los hijos

Dicen que la mujer nació para ser madre, y que no importa si el padre no se responsabiliza. Lo importante es que la mujer tiene que ser madre: “tenga su muchacho así sea sola”, me han dicho en la calle. Culturalmente en la vida de las urbes (no biológicamente ni estadísticamente), el periplo de la “vida útil-materna” de la mujer se ha vuelto más corto: si tiene hijos antes de los 25 la mujer es una insensata que se arruina la vida. Si los tiene después de los 35, es una egoísta que expone el futuro de un posible bebé, sea por salud, o sea por negarle su derecho a tener una madre joven (sí, me lo han dicho así mismo). La mujer moderna tiene ante sí un reto enorme: tiene solo diez años para profesionalizarse, ascender y hacer carrera, casarse (más al menos dos años de disfrute del matrimonio a solas con su marido) y tener hijos. Es una carrera agotadora.

Las instituciones religiosas

Aunque según el evangelio no existe el concepto de “tarde” cuando Dios llama a la puerta, hay algunas órdenes religiosas que no reciben a mujeres con más de treinta años, cosa que, por supuesto, es diferente con los hombres. He tenido en mis manos folletos de comunidades de religiosas que cuentan historias sobre cómo las mujeres que se consagran jóvenes son mejores y más fieles servidoras que las que lo hacen después de los treinta años. Conozco testimonios muy serios y comprometidos de mujeres que han querido consagrarse después de los treinta y no han podido hacerlo por la edad a la que han descubierto su vocación. Les han permitido una consagración privada e individual, pero no una adhesión comunitaria. (Y pensar que Jesús tenía treinta años cuando decidió anunciar el evangelio públicamente…).

El mercado lo sabe

Miles de investigadores en mercadotecnia detectan cada día las matrices de opinión dominantes y las usan para vender productos. El mercado sabe que la mujer tiene que enfrentarse a la estigmatización de su edad a diario. La industria de la publicidad está levantada a expensas del uso de la imagen juvenil femenina, con lo que conquistan dos mercados: el de los hombres que las desean y el de las mujeres que desean ser deseadas. Pues, a fin de cuentas, las mujeres son el mayor segmento comprador del mercado. La industria de la belleza (concursos, productos cosméticos, alimenticios y farmacéuticos, y médicos cirujanos) explota cada día las inseguridades culturales que ha construido la sociedad sobre la mujer, que lo único que quiere es alejar de sí la amenaza social de la soledad y, muchas veces, la amenaza de la exclusión laboral.

Mujer, tú vales

La mujer soltera y libre de más de treinta años es para muchos “la loca de los gatos”. El discurso social tiene claramente delimitado que una mujer que no ha decidido casarse, parir o consagrarse antes de los treinta debe asumir su soledad, “quedarse para vestir santos”. De allí la importancia de aparentar juventud cuando se cruza la raya del “tercer piso”. En un mundo todavía machista, se le ha hecho creer a la mujer que la apariencia es la única carta que tiene para reclamar su cuota de poder.

No sé ni me interesa si está bien o no que la mujer mienta sobre su edad. Ojalá no tuviera que hacerlo, eso sí, porque lo que denota el hecho de que la mujer oculte su edad es que ha perdido la fe en que puede ser comprendida, amada y valorada tal como es, como consecuencia de los golpes, desmoralizaciones y descalificaciones que la han violentado en miles de años de historia, y que se anclan en el inconsciente colectivo.

Así las cosas, es comprensible que una mujer mienta sobre su edad. Una mujer que miente sobre su edad lo hace porque sabe que ella aún puede dar mucho de sí, pero está convencida de que quien la escucha no la va a mirar con libertad sino con prejuicio. Un mujer que no dice su edad se niega a recibir la lástima de alguien que piensa “pobrecita, no tuvo hijos”. Pero sobre todas las cosas, una mujer que oculta su edad no quiere negar su historia, sino negar la sentencia implícita del que la interroga haciéndole sentir que ya no tiene futuro, que ya “no sirve” y que es “obsoleta”. Lo que quiere una mujer es empoderarse frente al mundo, levantarse del banquillo de los acusados, esquivar las municiones y abrir caminos y proyectos, que vean en ella la vida que es capaz de dar, que la dejen seguir soñando y seguir amando.