A mi sobrina
Querida Estefanía:
Te hice una promesa: que escribiría y publicaría todas las semanas un artículo o comentario y, a cambio, tú harías lo mismo. El propósito común parte de una hipótesis, posibilidad o intuición, según prefieras, surgida en mi infancia: la escritura salva o, mejor, la palabra compartida, la que llega a su destino y se regresa en forma de puente, de afecto o de liberación. Así comienzo este proyecto: como un pacto sellado en la palabra y con la palabra para encontrarnos.
No es cierto que las palabras pasan. Las palabras quedan, en forma de sabiduría, de paz, de amor o de dolor. Como este es mi primer comentario en este blog, quiero dejarte constancia en este fugaz mundo virtual, siempre azotado por la amenaza de que un virus destruya todo, de mis razones para vivir, amar y usar la palabra como poder mágico, como símbolo o recurso de unión entre las almas.
Cuando yo tenía alrededor de cinco años mi mamá, mis hermanas y yo pasábamos una víspera de año nuevo en la entrada del edificio encendiendo luces de bengala. Mamá me sostenía en su regazo y me preguntaba: «¿Me quieres?». «Sí, mamá», respondía yo. «¿Hasta dónde me quieres?», «Hasta la luna». Y ella, con sus ojos grandes y verdes como aceitunas, señalando el cielo me decía: «Yo te quiero hasta el infinito». Aquel día dejó en mí una huella imborrable. Su palabra selló un pacto eterno.
Mamá dejó de trabajar por un tiempo cuando yo tenía alrededor de nueve años. Pasaba las tardes conmigo. Me hacía ricas meriendas, pero lo que nunca olvido es lo mucho que conversábamos. Siempre vió en mí un locutor digno y un banco donde sus memorias podían ser transmitidas, dejando su experiencia como un interés creciente en mi beneficio: «Aprende de mí, que no te voy a durar toda la vida», decía. Me contaba de sus días de tremenduras bajo el amparo de mis abuelos, del colegio de las monjas, del Niño Jesús, del Padre Antonio, de su tía Rosa, de su hermano, de los talentos que disfrutó en su juventud, y de mi papá y de cómo se enamoró de él; pero también me hablaba de sus opiniones sociales, políticas, artísticas y religiosas, día a día, sin falta. ¡No te imaginas los debates!
Yo le leía mis tareas mientras ella cocinaba. Ella pacientemente me escuchaba y me corregía. Tenía un pero para todo y me hacía preguntas para obligarme a razonar lo dicho; nunca me permitió repetir lo escrito en los libros como si fuera una máquina almacenadora, y tenía razón. ¡Ese fogón sí que sabe de mis errores! Puedo decir que he aprendido al calor del fuego. Pero siempre me sentí contenta de que así fuera, de que me corrigiera cada detalle. Así fue como Mamá me enseñó a hablar y a escribir, pero con seso y afecto. Y así puso libros en mis manos y belleza e ideas en mis pensamientos, para poder ver el mundo con ojos de fe y un poco de sentido común. Le debo mucho a mi mamá: le debo cada palabra. Ella merece saber que no lo olvido, y qué mejor manera que estas palabras que hoy escribo, pues todas las palabras que se escriben son la memoria de aquellos que en nosotros han dejado su huella. Al comenzar te dije que la escritura salva, pero ¿de qué? La escritura salva del olvido.
Estefanía: hoy te entrego esta memoria a ti y al que la lea como un nuevo pacto, y te pido que se la leas a mi mamá, ahora que tú tienes la inmensa bendición de vivir con ella. Que nada se guarde en el sótano del olvido. Todo ha de ser dicho. Todo ha de ser palabra fecunda, aun la palabra dolorosa. Todo ha de nombrarse para que exista. Toda palabra compartida es vida. Toda palabra escrita es eternidad.