El río trae piedras.
Las piedras de la revolución vienen rodando.
El río las arrastra… ¿a dónde las lleva?
Que las llevara a la hoguera no tendría sentido.
Que las sepultara en el olvido tampoco lo tendría.

Las piedras resisten,
pero ellas no tienen fuerza.
El agua busca su rendija.
Se toma su tiempo.
El agua moldeará la piedra.
El río romperá el dique.
Tarde o temprano vencerá,
porque el río es libre.

Todo río es libre.
La vida es libre.
El río nació con su destino
Soberano, abierto, pujante…
Él va adonde quiere.
El río empuja, revienta, arrastra.

Cuando el río arrastre las piedras
que no se usen para matar.
¡No hay culpa que merezca
el envilecimiento de un alma buena!

Todos saben que con las piedras,
sujetas a la voluntad humana,
los albañiles construyen,
los artistas esculpen
y los sepultureros graban lápidas,
y que todos ellos,
construyen memoria.

Estas piedras, hechas memoria,
nos recordarán los tiempos
de un panteón de ídolos sin milagros
y altares llenos de víctimas.

Estas piedras servirán
para construir el arco del triunfo
de un pueblo que se levanta frente al tirano,
y entonces no servirán más
para golpear lomos inocentes
ni para levantar guaridas
ni para construir diques.

En cada piedra se inscribirán
los crímenes de una generación
que le dio el poder a su pueblo para quitárselo,
como quien le da un dulce a un niño chiquito
y se lo quita mientras duerme.

Estas piedras serán la memoria
Del rumbo que hemos de cambiar…
el rastro del camino que quedará atrás,
la advertencia antes del despeñadero.

Este río no se detiene.
No hay dique para este río.
No hay tantas piedras.
Las piedras no tienen fuerza.
Las piedras solo se resisten.
El río tiene fuerza.
El río, un día, vencerá.