La escultura helenística Laocoonte y sus hijos luce abigarrada, contorsionada, tensa, en movimiento. Un espíritu barroco la domina. La obra no se cierra, no acaba, se nos priva del desenlace. Laocoonte y sus hijos se retuercen en un martirio eterno, recordándonos el doloroso costo de contrariar a los poderosos con la denuncia de la Verdad; recordándonos también el carácter inexorable de la muerte.

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