Con una tristeza profunda, me despierto y veo, vivo, la cruz que llevamos hoy como pueblo, sufriendo, temiendo, pasando innecesaria necesidad, sin poder hacer planes a largo plazo, o haciéndolos a sabiendas de que cualquier día, como un castillo de arena, la ola creciente podría desmoronar todo sueño de alcanzar el cielo; se ha ridiculizado en valor del trabajo. Me despierto y leo sobre el mundo: genocidios, crímenes de odio, pero también algo de lo que nunca o poco se habla: el 1% de la población mundial es hoy dueña del 99% de la riqueza mundial. Algo no va bien.

En todo este escenario, me abisma ver las democracias en el mundo contra la pared, amenazadas y amordazadas por los nuevos totalitarismos: los del capital y los de los fanatismos ideológicos, todos disfrazados de voz popular. El capitalismo actual se ha absolutizado y pide el sacrificio de inocentes. Sus actores se han vuelto los «ultra» de las derechas. Los hijos resentidos del capitalismo actual, los «ultra» de las izquierdas, sólo construyen un espejo del poder que repelen, reclamando también la sangre sacrificial de su pueblo. Han demostrado ser dignos hijos de su padre autoritario. Juntos constituyen la nueva casta sacerdotal de un credo sanguinario.

¿Acaso dormimos? Alguien que nos despierte: que suene la campana del reloj, y resuene el nombre del nuevo proyecto que nos anime. No basta con adversar el régimen actual. Hoy, que hasta la comida es un privilegio clientelar, necesitamos alimentar nuestra esperanza. A los que pretenden representar la voz de quienes padecemos las consecuencias de un proceso histórico tan conflictivo, parece que hay que recordarles: ¡Denle nombre, señores! ¡Denle nombre al nuevo horizonte de bien por el que esperamos en Venezuela y en todo el mundo! Porque si no tiene nombre, no será. Y si el bien no es común, tampoco será «bien».